Notas sobre internacionalismo desde Colombia para una conversación que continúa.

Desde Gaza hasta el Cauca, desde las montañas del Kurdistán hasta los barrios populares de Santiago de Chile, desde las comunidades indígenas que resisten el avance extractivo hasta las juventudes urbanas que descubren en la calle una forma inesperada de dignidad, algo parece estar rompiéndose y naciendo al mismo tiempo.

Hay momentos históricos en los que una pregunta vuelve a aparecer con una insistencia imposible de ignorar. No porque sea nueva. Al contrario. Porque regresa una y otra vez allí donde los pueblos intentan responder a las mismas formas de dominación que, aunque cambian de rostro, conservan una estructura común. La pregunta por el internacionalismo es una de ellas.

Para situar esta conversación, procesos sociales y populares de trayectorias diversas que habitan el territorio colombiano —organizaciones populares, experiencias feministas, comunidades indígenas y afrodescendientes, espacios de comunicación comunitaria, militancias revolucionarias y procesos de organización territorial— nos convocamos; y aunque no compartimos una misma estrategia ni una única tradición política, nos reunimos alrededor de una inquietud común: el internacionalismo. Es decir, la profunda conciencia de que los límites impuestos por las fronteras nacionales no pueden ser el límite de nuestras propuestas de cambio. El internacionalismo no entendido como una opción, sino como necesidad.

Esta vez nos convoca el Manifiesto Internacionalista, “Revoluciones de nuestro tiempo. Los Pueblos Quieren”, una apuesta colectiva por leer el momento histórico que atravesamos a partir de experiencias de resistencia dispersas en múltiples geografías. La consigna “el pueblo quiere la caída del régimen”, nacida en las revueltas árabes, durante los estallidos de los distintos pueblos de la región, cuando miles de voces reclamaban en las calles, no reside únicamente en su capacidad de nombrar una ruptura, sino en la posibilidad de reconocer un horizonte compartido entre luchas que, aun siendo distintas, se enfrentan a formas comunes de dominación. Hablar de internacionalismo hoy implica precisamente eso: intentar construir vínculos, lenguajes y articulaciones que atraviesen fronteras, territorios y cuerpos. Porque frente a un sistema que opera a escala global, las resistencias aisladas resultan insuficientes.

Construir un internacionalismo que no repita los errores del pasado

El viejo mundo continúa gobernando, pero ya no convence. Y el nuevo todavía no encuentra una forma estable de aparecer. Quizás por eso la palabra internacionalismo recorre las conversaciones de quienes luchan. Todos los pueblos parecen estar aprendiendo que ninguna lucha local permanece local por mucho tiempo. La minería que destruye una montaña responde a decisiones tomadas en oficinas lejanas. La deuda pública que condiciona gobiernos enteros se diseña fuera de las fronteras nacionales. Las guerras, los desplazamientos, las migraciones forzadas, el saqueo de los bienes comunes y la devastación ecológica forman parte de una misma arquitectura global. El capitalismo aprendió hace mucho tiempo a organizarse internacionalmente y los pueblos también estamos llamados a asumir esta tarea.

Cuando hablamos de internacionalismo, no hablamos de un concepto que pertenece al pasado, ni a grandes organizaciones desaparecidas, a proyectos revolucionarios que no lograron sostenerse o que terminaron absorbidos por las lógicas que buscaban combatir. El internacionalismo no se puede reducir a gestos simbólicos de solidaridad o a redes de cooperación incapaces de alterar los equilibrios reales del poder.

¿Qué significa el internacionalismo cuando millones de personas marchan en todos los continentes y, aun así, la maquinaria de la guerra continúa avanzando? La pregunta duele precisamente porque revela una verdad. Los pueblos del mundo han demostrado una enorme capacidad de empatía. Lo que todavía no hemos construido es una capacidad equivalente de poder. Y esa constatación atraviesa silenciosamente todas las luchas de nuestro tiempo. Leyendo las revueltas de los últimos años, buscando aproximarnos a posibles respuestas, sobresale que estas ocurrieron en un contexto donde estamos particularmente débiles en redes internacionalistas.

La pregunta que nos reúne no es si hace falta una articulación entre los pueblos. La cuestión es cómo construirla. Porque si algo atraviesa esta conversación es el reconocimiento de que vivimos una crisis sistémica. No se trata únicamente de una crisis económica, ni exclusivamente política. Lo que aparece nombrado desde múltiples lenguajes es una convergencia de crisis: capitalismo, colonialismo, patriarcado, racismo e imperialismo operando simultáneamente como formas de organización del mundo.

Detrás de todo fascismo hay una revolución fallida

La sensación compartida es que el orden actual no sólo produce desigualdad. Produce también desarraigo, fragmentación, guerra, devastación ecológica y una profunda incapacidad para imaginar futuros distintos. Vuelve el fascismo a intentar dominar las ideas, pero detrás de todo fascismo hay una revolución fallida. Nuestra tarea: impedirlo, crear una ruptura con la mentalidad que nos impone el capitalismo, evitar que el ser humano se separe del otro, y parar la destrucción de la madre tierra, de nuestros territorios, de nuestros proyectos y de nuestras vidas.

Rechazamos la idea de que las revueltas fracasan porque no toman el poder. Las insurrecciones de la última década en América Latina, así como múltiples levantamientos alrededor del mundo, deben leerse más allá de sus resultados institucionales, por los procesos que desencadenan. Las insurrecciones abren posibilidades que antes parecían imposibles, interrumpen proyectos de dominación, obligan a reaccionar a estructuras de poder que parecían invulnerables, generan nuevas subjetividades, lenguajes compartidos, crean formas de organización inesperadas. Tal vez esa sea la potencia más profunda de las revueltas. No solamente desafían gobiernos, desafían el sentido común; abren grietas en aquello que parecía inamovible y, aunque muchas veces no culminen en revoluciones victoriosas, transforman a quienes las atraviesan. Después de una insurrección, el mundo ya no puede verse exactamente igual.

Las resistencias han impedido que el capitalismo llegue a ser plenamente aquello que pretende. Aunque se presenta como una maquinaria avasalladora, capaz de expandirse y absorberlo todo, se ve constantemente obligado a enfrentarse con aquello que busca reducir o marginar. Allí radica una de sus paradojas: debe destinar tiempo, recursos y atención a acciones que parecen insignificantes. Puede parecer menor que se incendien pozos petroleros para defender un territorio, que se ocupen instalaciones de una refinería o incluso que una consigna aparezca escrita en una pared; sin embargo, si fueran realmente irrelevantes, no existiría la urgencia de sofocarlas, desalojarlas o borrarlas. Precisamente porque estas acciones interrumpen, cuestionan y ponen en evidencia los límites de su dominio, el capitalismo nunca logra realizar por completo su pretensión de totalidad.

Algo parecido enseñan las montañas del Kurdistán. Durante décadas, el pueblo kurdo ha resistido la negación de su existencia, la persecución estatal, las invasiones militares y el aislamiento internacional. Sin embargo, en medio de esa historia de asedio, también ha logrado producir una experiencia importante representada en su propuesta de Confederalismo Democrático. Rojava, así como la realización de los proyectos políticos emancipatorios de los pueblos, se constituyen en pruebas vivas. La prueba de que es posible imaginar formas de organización que no reproduzcan exactamente los modelos heredados del Estado-nación; la prueba de que la democracia puede existir como práctica cotidiana y no solamente como procedimiento electoral; la prueba de que la emancipación de las mujeres no es una cuestión secundaria sino una condición de cualquier proyecto de transformación social; la prueba de que la revolución no pertenece al pasado. Sigue siendo una posibilidad humana.

Abya Yala es otro ejemplo de cómo los pueblos han seguido hablando; este continente lleva siglos produciendo formas de insubordinación. Los pueblos indígenas que defendieron sus territorios frente a la colonización, las comunidades negras que construyeron espacios de libertad en medio de la esclavitud, las luchas campesinas por la tierra, las insurrecciones populares, las experiencias comunitarias que sobrevivieron a dictaduras, guerras y desplazamientos. En el caso de Colombia las luchas sociales han sido históricamente inspiradas por distintas corrientes, desde el activismo estudiantil hacia la ley de origen indígena, pasando por el marco de cosmovisión afrodescendiente hasta un marxismo indoamericano. Existe una memoria larga de la resistencia, mucho más larga que nuestras organizaciones, mucho más larga que nuestros Estados, mucho más larga que nuestras derrotas.

Las primeras líneas, las guardias comunitarias, las ocupaciones territoriales, las redes de cuidado y resistencia, los repertorios de acción que aparecen simultáneamente en lugares alejados entre sí sugieren algo que recorre toda la conversación: los pueblos hablan entre sí incluso cuando no existe una coordinación formal entre ellos o una organización centralizada. Muchas veces mediante una inteligencia colectiva que emerge en momentos de crisis.

Quizás uno de los mayores triunfos de la dominación haya sido convencernos de que estamos comenzando siempre desde cero, que cada generación debe inventarlo todo nuevamente, que nuestras luchas carecen de raíces. Y, sin embargo, basta escuchar atentamente para descubrir que los pueblos llevan siglos conversando.

En este contexto se construye otro consenso: la necesidad de recuperar la idea de revolución como horizonte, como promesa de futuro. El progresismo lleva décadas convenciéndonos de que la salida a la crisis civilizatoria es un capitalismo con cara humana, capaz de solucionar las crisis que el capital mismo creó. Y poco a poco ha ido desplazando el lenguaje de la transformación radical por un vocabulario cada vez más limitado. Las reformas sustituyeron a las transformaciones estructurales. La gestión sustituyó al conflicto. La gobernabilidad sustituyó a la emancipación. Y el progresismo, aun cuando abrió posibilidades importantes en ciertos momentos, terminó siendo incapaz de responder a las causas profundas de la crisis. Esta crítica no apunta únicamente a gobiernos específicos. Apunta a una lógica política que parece incapaz de imaginar una ruptura con las estructuras fundamentales del sistema. Y por eso la revolución debe volver a nombrarse y, como nos enseñó el Che, a llevarse en el corazón.

Organizarse para la revolución

Desde las cosmovisiones indígenas resaltamos que todo elemento de la vida necesita encontrar vínculos para organizarse y existir. El universo mismo es una forma de organización. De igual modo, los pueblos necesitamos construir marcos organizativos que nos permitan enfrentar y superar el caos al que nos ha conducido el sistema capitalista. Cuanto más organizados estamos, más capacidad tenemos de existir plenamente; cuanto menos organizados estamos, más nos acercamos a la desaparición.

No nos faltan razones para luchar, no nos faltan injusticias ni pueblos en resistencia. Lo que seguimos buscando son las formas capaces de articular toda esa energía dispersa. Las organizaciones tradicionales muestran signos de agotamiento; las instituciones absorben y neutralizan conflictos; las burocracias tienden a reproducirse a sí mismas; los progresismos prometen cambios que rara vez alcanzan las estructuras profundas del sistema; y los movimientos sociales oscilan constantemente entre momentos de expansión extraordinaria y momentos de fragmentación.

Para organizarnos necesitamos unirnos, y eso nos obliga a formular preguntas fundamentales: ¿cómo construir unidad sin negar la diversidad? ¿Cómo compartir horizontes sin imponer una sola visión? ¿Cómo convertir nuestras diferencias en una fuerza?

Existen múltiples proyectos políticos emancipatorios y diversos caminos para alcanzarlos. Sin embargo, entre los proyectos y los caminos también existen principios y valores compartidos.

Más allá de las diferencias, existen elementos estructurales que reaparecen una y otra vez: la socialización de los medios de producción, o las maneras de producir y reproducir la vida de manera autónoma, la autogestión de territorios liberados, la construcción de formas colectivas de vida y decisión. Son preguntas que atraviesan experiencias distintas y que nos permiten reconocernos en una misma búsqueda.

El internacionalismo no es algo que se hace por otros pueblos; es una práctica que se construye desde la lucha propia, en diálogo, articulación e interdependencia con las luchas de otros pueblos. Cada proceso emancipador se nutre de los demás y, al mismo tiempo, contribuye a una causa común que trasciende las fronteras.

Cómo caminamos es una decisión de los pueblos. Pero para descubrir cuáles son los principios y prácticas revolucionarias que compartimos, necesitamos encontrarnos. Encontrarnos desde nuestros territorios, nuestros saberes y nuestras formas de vida. Reconocernos para identificar aquello que tenemos en común más allá de intereses inmediatos aparentemente contradictorios bajo la influencia de la geopolítica global, que no es más que los intereses de nuestras burguesías nacionales. En ese sentido, estamos llamados a no dejarnos dividir por las lecturas de mundo que hacemos desde nuestro rincón de mundo y a construir una unidad basada en la diversidad, una unidad que no exija una lectura única del mundo ni una manera uniforme de actuar.

Cada comunidad posee una trayectoria particular. Sus experiencias, sus derrotas y sus victorias son únicas. Sin embargo, también existen escenarios compartidos donde podemos encontrarnos y reconocernos mutuamente. Necesitamos de esta unidad para evitar que unos pocos tengan un plan muy claro mientras las mayorías permanecen dispersas; o que existan múltiples planes incapaces de dialogar entre sí y condenados a entrar en contradicción permanente.

Existe una intuición compartida: la diversidad no es un obstáculo que deba superarse, sino una condición de cualquier internacionalismo posible. Los pueblos no parten del mismo lugar, no enfrentan exactamente las mismas contradicciones ni poseen las mismas memorias organizativas. Pretender una homogeneidad artificial significaría repetir errores que marcaron experiencias anteriores. La tarea no es construir uniformidad, sino construir unidad y juntanza sin borrar las diferencias.

Quizás una de las respuestas más esperanzadoras es que los pueblos ya se están encontrando. No siempre mediante congresos, coordinaciones formales o grandes estructuras. Se encuentran en las preguntas que se hacen, en las tácticas que inventan y en los lenguajes que reaparecen simultáneamente en lugares distantes. Se encuentran en la defensa del agua, en la recuperación de semillas, en las guardias comunitarias, en las redes de cuidado, en las luchas de las mujeres y las disidencias de género, en la resistencia a la militarización y, sobre todo, en la defensa de la vida frente a un sistema que parece haber declarado la guerra a todo aquello que no puede convertir en mercancía. Los pueblos se reconocen porque enfrentan problemas semejantes y porque, de maneras inesperadas, comienzan también a imaginar respuestas semejantes.

Sin embargo, también hay que reconocer los problemas que aparecen en la articulación y el accionar compartido. A veces la táctica —el cómo— termina eclipsando la estrategia —el horizonte—. Un ejemplo puede verse en los procesos de recuperación y autogobierno territorial impulsados por pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y sectores campesinos. Son experiencias valiosas, necesarias y profundamente transformadoras. Pero cuando el territorio se busca por el territorio y no por su defensa y transformación estratégica, este se convierte en un fin en sí mismo, y existe el riesgo de perder de vista el conflicto estructural que atraviesa esos territorios. El problema deja de ser el capital y pasa a ser únicamente el reconocimiento de cada espacio particular. No hay nada incorrecto en el camino recorrido; el desafío es preguntarnos si ese camino sigue apuntando al horizonte que le dio origen.

Quizás uno de los consensos más prácticos que podemos construir sea el lenguaje con el que nombramos lo que vivimos y lo que necesitamos. Convertir en palabras compartidas la insatisfacción cotidiana, el agotamiento provocado por el trabajo explotador, la tristeza de una vida subordinada a la lógica del mercado o la desidia del mundo en la necesidad de revolución. Construir lenguajes comunes no significa imponer respuestas idénticas para todos los pueblos. Significa crear puentes que nos permitan reconocernos, comprendernos y proyectar horizontes compartidos.

Tal vez allí se encuentre uno de los principios fundamentales de una organización internacionalista: la capacidad de nombrar juntos aquello que nos oprime y aquello que queremos construir, sin renunciar a la diversidad de caminos que cada pueblo elige para alcanzar su propia emancipación.

La lucha continúa

Existe otra preocupación: la necesidad de recuperar memorias históricas propias, reconocer las trayectorias de resistencia que existen en cada territorio: la historia de los pueblos indígenas, las luchas afrodescendientes, las resistencias campesinas, las insurrecciones populares, las memorias borradas por la colonización. Reconocer estas luchas es una fuente indispensable para imaginar futuros emancipatorios que respondan a las necesidades del territorio y de los pueblos que lo habitan.

No se trata de rechazar aprendizajes provenientes de otras geografías; se trata de dejar de pensar que la historia comienza siempre en otro lugar. Las respuestas que buscamos quizá no estén únicamente por inventarse; quizá también deban ser reconocidas allí donde los pueblos han resistido durante siglos.

No tenemos una receta para la unidad y el internacionalismo; dejamos apuntes iniciales, propuestas y un camino abierto por recorrer. Porque el internacionalismo no es una estructura fija terminada, es una tarea histórica que exige escuchar más que dirigir, aprender más que imponer, tejer más que centralizar, construir confianzas antes que proclamaciones. Reconocer que ningún pueblo podrá enfrentar por sí solo las crisis que se avecinan, y reconocer también que ninguna articulación internacional tendrá sentido si no nace de las luchas concretas que sostienen la vida en cada territorio.

Quizás el internacionalismo del siglo XXI no nazca de una única doctrina o una bandera única; quizás se parezca más a una constelación que a una estructura. Una constelación de luchas, de territorios, de memorias, de experiencias compartidas. Un tejido paciente de vínculos capaces de sostenerse durante las tormentas. Porque las tormentas continuarán: las crisis ecológicas, las guerras, los desplazamientos, los nuevos autoritarismos, las formas renovadas del fascismo. Todo indica que el siglo que comienza estará marcado por conflictos aún más profundos que los que hemos conocido, y precisamente por eso la pregunta por el internacionalismo deja de ser una cuestión opcional: se convierte en una cuestión de supervivencia política y civilizatoria.

La pregunta ya no es si los pueblos necesitan encontrarse; la pregunta es si seremos capaces de organizarnos antes de que las fuerzas que destruyen la vida terminen de reorganizar el mundo a su imagen.

En algún lugar entre Palestina y el Cauca, entre Rojava y los Andes, entre las comunidades que defienden semillas y quienes defienden barrios, entre quienes resisten ocupaciones militares y quienes resisten el extractivismo, entre quienes recuerdan y quienes apenas comienzan a organizarse, una conversación está comenzando.

Los pueblos vuelven a buscarse, y cada vez que los pueblos vuelven a encontrarse, la historia deja de estar completamente escrita.